Un nuevo mundo

Recuerdo en mi adolescencia ver un día al chico que me gustaba llorando, me produjo rechazo. Años más tarde me enamoré de otro por verle llorar.

Vengo de una familia donde los hombres no lloran. Tengo la sospecha de que no soy la única.

Vi una vez llorar a mi padre. Unos meses antes de irse. La única vez que me dijo que me quiere y que se daba cuenta de que ha estado ausente en mi vida. El creció en un pueblo del mar en Bulgaria donde enseñaban a nadar a los niños tirándoles directamente al agua. Molaba ser chico malo y aprender a fumar antes de cumplir los 10 años. No hace falta decir que no estaba bien visto llorar. Luego nos lo transmitió a mi hermano y a mí. Le veía preocupado por la virilidad de mi hermano viéndole sensible a veces.

Mi abuelo materno era coronel, un hombre fuerte con gran espíritu. Con la capacidad de contagiar con su energía a miles de personas. Con ideas muy claras y poco flexibles. Dispuesto a morir por la causa en la que creía. Le vi llorar una vez, cuando se murió mi abuela. Habían estado más de 60 años juntos.

Mi madre y yo somos de lágrima fácil. Es cuestión de segundos que nos emocionemos con algo y que los ojos se nos llenen de agua. Pero la percepción de algunos de nuestros familiares masculinos es que somos un poco neuróticas y no sabemos controlar nuestras emociones.

Observo en caso de un impacto emocional repentino las reacciones femeninas y masculinas. (Importante recordar que todos tenemos parte femenina y masculina dentro de nosotrxs. Algunos desarrollamos más una que la otra).

En general nosotras lloramos, hablamos, gritamos, intentamos sacar lo negativo pidiendo el apoyo de nuestras amigas. Con riesgo de parecer unas “neuróticas”. Tras haber sacado todo fuera, buscamos la manera de sanar. Ellos se cierran, como si nada hubiera pasado. Todas las emociones se tragan, se comprimen. Sin saber cómo expresar lo que sienten, exteriorizar lo que pasa dentro.

Cuando empecé con mis cursos y talleres de crecimiento personal descubrí que no había hombres en ellos, o casi ninguno, o uno que buscaba novia. En principio me sorprendía mucho. Sin darme cuenta un día descubrí que mi mundo era 99% habitado por mujeres. La presencia masculina consistía en mi chico y un par de amigos. Ellos habían desaparecido. Como si viviésemos en realidades paralelas.

Hasta este fin de semana cuando en una fiesta conocí un grupo de hombres con quienes me sentí muy cómoda. Hubo algunos momentos mágicos que me hicierón pensar que hay esperanza. Algo que muchas mujeres hemos perdido lamentablemente con el mundo masculino. Nosotras creamos nuestros círculos femeninos, llenando nuestra agenda de cursos de bienestar y desarrollo personal.

Es muy importante que a la par ellos creen sus espacios. Y no me refiero a ver el partido juntos, que no hay nada malo en ello. Sino espacios de compartir, de hablar, de expresar. Algo que en el mundo masculino heterosexual no se da normalmente por desgracia.

Creo que es importante ir cambiando el cuento desde pequeños. Mi amiga apuntó a su hijo con 5 años a clases de baile. Era el segundo chico en el grupo. Dos años más tarde ya van a ser 6 los chicos. Él tiene muñecas y le educan para saber gestionar sus emociones.

Antes pensaba que vamos a tener que hacer ese tránsito solas pero ahora se despertó en mi la chispa de la esperanza de que podemos hacerlo juntxs.

Nosotras hemos abierto el camino y creo que está en nuestras manos apoyar a los que quieran despertar. Como madres, hermanas, parejas, amigas, vecinas, etc. Hay muchos hombres ya preparados para la transformación, simplemente necesitan nuestro soporte para dar el salto. Para que ellos conecten con su energía femenina, que la acepten, que la dejen fluir.

Diría como John Lennon: Imagine … Construyendo juntxs un nuevo mundo de mujeres y hombres despiertxs y conscientes.

Yo no soy la única soñadora ¿verdad?

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