Sonríe mamá… ¡Solo una más!

belleza

Este verano en Bulgaria estando con mi mami, nos hicimos algunas fotos. Ella odia fotografiarse, pero de vez en cuando consigo convencerla. El drama viene después, una vez que estamos delante del ordenador viendo las fotos ella se queda con esa mirada que ya conozco muy bien:
“No me gusta nada lo que veo. ¿Quién es esa mujer? Esa no soy yo.”

No es que sea mi madre, pero con sus 66 años ella es bellísima. Yo la veo así (y mucha más gente), pero ella no y menos en una foto. Dice que ya ha conseguido verse bien en el espejo pero no le gusta ninguna foto suya. No quiere que le imprima ninguna y si alguna amiga le imprime fotos de algún viaje juntas, luego las veo todas en el cubo de basura. Cuando le retrato, me pide hacerlo de lejos, que esté escondida detrás de algo, si puede ser desenfocada mejor. Sus comentarios al verse son del estilo: “¡por favor qué arrugas, qué pelo, qué brazos enormes, qué caderas infinitas…!”

Llevo dos veranos yendo allí con las canas en mi pelo, a veces me apetece ponerme algo de color y otras veces no. Me cuesta, pero hago el esfuerzo de no hacer caso de ningún comentario. Incluso de amigas, que me dicen con tono amistoso que tengo las cejas muy gordas, las tetas muy colgadas, la piel muy pálida… etc. O los comentarios de mi peluquera, que tengo el pelo muy abandonado y que necesito teñirme.

No, la verdad es que Yo NO lo necesito. Lo necesita la industria cosmética, con sus cremas carísimas y sus promesas de eterna juventud.

Porque si dejo de hacerlo y si dejamos de hacerlo todas por “la necesidad” y no por que me da la gana mañana despertarme pelirroja, ¿que pasaría entonces con esa industria? Lo mismo que pasaría con los vendedores de maquillajes, que dejé de utilizar hace unos años. Lo hacía hasta los treinta y tantos, cuando menos lo necesitaba, pero me habían convencido de lo contrario. Tuve mi época de ir pintada como una puerta. Lo viví y ya no necesito decorar mi fachada para ser diferente de cómo soy. Así me gusta, ya veremos como lo llevaré dentro de 10 años.

Aquí añadiría tres anécdotas sobre el tema que me hicieron replantearme ciertas cosas.

El primero fue aquel curso de medio año con un grupo de mujeres trabajando nuestra sexualidad una vez al mes. Yo nunca iba pintada. Y el ultimo día en plan despedida, decidí ponerme maquillaje y de repente muchas de ellas dijeron:
“Pero que guapa vienes”. Y entonces algo que había escuchado muchas veces en situaciones parecidas de repente me hizo pensar. ¿Por qué cuando iba sin maquillaje no era guapa y de repente con unos colores encima la cosa cambiaba?

¿Por qué no me decían como el sobrino de mi chico mirándome en Nochevieja: “Se nota que vas maquillada”?. Era una simple afirmación, nada más. No dijo que estuviera más guapa o más fea, me veía diferente, porque nunca me había visto pintada y punto. Entonces tenía 6 años. Dos años después su mirada cayó sobre mis canas y tuvimos la siguiente conversación:
–        ¿Por qué no te tiñes el pelo? – dijo él
–        ¿Y por qué tengo que hacerlo?
–        Pues… mama y la tía lo hacen – respondió él algo confuso.
–        ¿No te gusta el blanco? – seguí yo
–        En realidad es uno de mis colores favoritos.
–        Entonces te gustará también en mi pelo ¿no? – dije yo. Y los dos sonreímos.
Simple, ¿verdad?

Recuerdo otro momento cuando una mujer tailandesa miraba hipnotizada mi piel pálida (todavía no había conseguido el moreno deseado) y decía que tengo la piel tan bonita… como una princesa. Mientras, yo miraba su piel con envidia pensando cuantos días tendré que estar bajo el sol para coger color. Entonces descubrí que mientras a nosotras nos bombardeaban con cuerpos morenos en todos los anuncios, a ellas les vendían blanqueantes para la piel.

Nos hacen creer que ser como somos no es suficiente, tenemos que comprar cosas para transformarnos, para ser bellas. Porque el sexo vende y mucho, pero lo que más vende es la inseguridad.

Volviendo a mi mami y las fotos. Al final la convencí para sacar unas cuantas fotos pero seguía viendo su cara de desaprobación y tristeza. Así que hice algo que va contra mis principios. Primero le expliqué que ninguna imagen en la tele, revistas, periódicos, anuncios… es real y que todas están retocadas con Photoshop. Efectivamente quien me conoce sabe que soy también diseñadora gráfica y trabajo con programas de retoque fotográfico. Y después me puse delante del ordenador, empezando con los brillos de la cara, luego estas arrugas traidoras en el cuello, luego me iba animando quitando más y más las expresiones de su cara, las marcas de muchas experiencias, de muchos recuerdos, de muchas sonrisas, de muchas lágrimas, de todo este abanico de emociones vividas en sus 66 años.

Ya no quedaba nada. Quedaba una cara artificial, sin poros, sin arrugas, sin edad, sin experiencias, sin vida.

Seguramente eso le iba a gustar, se parecía a todas las caras que nos rodean en los medios. Pero no podía traicionar todo en lo que creía. Así que volví atrás en la historia de Photoshop y deshice los retoques. En fin, no me voy a castigar pero reconozco que mantuve los de los brillos de la cara y algunas pocas arrugas. Yo también estoy con mi proceso.

Las imprimí y ella se vio como una estrella de cine sabiendo que le había retocado. Le dije que no había cambiado casi nada pero le daba igual.
Me resultaba difícil hablar con ella de esto, nunca lo habíamos hecho, pero no pude quedarme así sin decir nada más. Le puse unos cuantos videos que me habían inspirado. En un rato las dos estábamos llorando en silencio. Ella me besó y salió de la habitación.

Y a ti ¿te gusta lo que ves? mirándote en el espejo o en una foto…

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