La senda de la sanación

sanacion

Primero fue el género. Me cabreó profundamente descubrir cuántas mujeres valientes, con un trabajo tan valioso para nuestra sociedad han sido invisibilizadas. Como mucho existían como parejas del gran científico, artista o lo que fuese. Por eso conecté con el feminismo que entre otras cosas busca visibilizar y eliminar ese desequilibrio.

Con el tiempo me di cuenta de que no solamente la mujer era invisible, cosificada, utilizada…etc. Era la energía femenina en general la que estaba reprimida y castrada. Y me refiero a la energía que habita en el cuerpo de cualquier persona sin importancia de su sexo.

En mi senda de sanación hubo varios acontecimientos importantes, pero destacaría tres. Cada uno conlleva un largo camino que en algunos casos continúa.

El primero fue haber tenido de pareja una mujer (hasta ese momento mi vida había sido exclusivamente heterosexual, si hay que poner alguna etiqueta que cada vez me parecen más absurdas). No solo mujer sino feminista. Ella me hizo ver cosas que antes no veía. Yo estaba muy centrada en una realidad orientada al placer del otro, donde el coito y los genitales estaban por encima de todo. Esa experiencia dio un giro de 180 grados a mi vida en muchos aspectos. Me llevó mucho tiempo cuadrar en mi cabeza que sexo no era penetración. Descubrir que los genitales no son los únicos fuentes de placer. Aceptar que yo no era una geisha atenta a las necesidades de mi pareja antes que los míos. Un camino de aprendizaje muy gratificante y sorprendente para mi.

Luego vino el tantra, el culto de lo Femenino como lo llama Andre Van Lysebeth. En tantra la mujer es la parte activa. La energía femenina es la que se despierta, la que se mueve, la que enciende, transforma, marca el ritmo. Una vez abierta al tantra, vibrando ya en otra frecuencia comencé a encontrar hombres que no reprimían su parte femenina. Algo a lo que no estaba muy acostumbrada. No se sentían menos hombres estando pendientes de las necesidades de su pareja, ni expresando sus emociones. Disfrutaban viendo el gozo de la mujer que tenían delante. Eso sin duda ayuda a conectar con el placer propio, pero también con el dolor. Como dije en el articulo pasado “El sexo que hiere, el sexo que sana” el placer y el dolor van en el mismo pack.

Aquí viene el numero tres pero por orden de acontecimientos y no por importancia. Apareció alguien que resultó ser mi mejor espejo, donde me podía ver reflejada en mi mejor versión. No lo buscaba, esperaba ni necesitaba que me salve, ya me había rendido con ese cuento. Justo por eso vino. A parte de otras muchas cualidades suyas lo que me atrapó de él nada más conocernos fue su capacidad de escucha y la confianza que me transmitía. Lo que más me chocó después fue que cuanto más confiada y amada me sentía, más fantasmas de mi pasado empezaban a salir. En principio era desconcertante. Me daba rabia que justo a él le tocaba recoger la basura que tenía acumulada de historias previas. Habernos conocido en un taller de tantra justo en una potente dinámica de sanación no fue casualidad.

Un hombre tántrico que abraza su parte femenina. Está a mi lado cuando salen los fantasmas. Los acepta con calma y paciencia. La locura de emociones: el llanto repentino, la risa a carcajadas, mi cuerpo moviéndose enloquecido. No espera nada y se deja llevar. Él no se siente menos hombre por la postura más pasiva a veces o por no marcar el ritmo.

En esos momentos únicos cuando todo es una mezcla de lagrimas, risas, calor, dolor, placer, silencio, quietud, apertura, éxtasis él simplemente me mira y dice:

¡Te veo tan bella, eres una diosa! Me veo en mi espejo y me veo diosa.

Agradecida por haberme permitido cambiar el espejo. Porque hubo otros que me enseñaban otros reflejos pero eso ya es pasado.

Y tú ¿cómo vives o has vivido tu sanación?

Posted in:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *