El laberinto de vidas humanas

labirinto

Hoy 14 de octubre de 2014 mi padre habría cumplido 70 años si no se hubiera ido hace ya 9. La entrada de hoy está dedicada a él.

Voy a compartiros un relato muy intimo que escribí un par de años después de su partida y me hace temblar cada vez que lo leo, porque esta cargado de muchas emociones. Lo redacté en el maravilloso curso de escritura creativa de Nuria Fernández, a quien estoy muy agradecida por saber crear el ambiente perfecto para que mis sentimientos tomen forma sobre el papel.

Si eres de las personas que tiene la muerte como un tabú, te recuerdo una pregunta del discurso de Steve Jobs en Stanford:

“¿Si hoy fuera el último día de mi vida,

me gustaría hacer lo que voy a hacer hoy?”

No pretendo deprimirte. Solamente creo que a veces necesitamos sentir la presencia de la muerte para despertar a la vida.

Ojalá te sirva de inspiración.


El laberinto de vidas humanas

Agosto. Son las dos de la tarde. El sol es brutal y abrasa la piel sin ninguna piedad. Estamos en el pueblo del mar. El lugar de mi infancia, de mis primeros amores, de mis primeros descubrimientos, de mis primeras borracheras, decepciones y pasiones… Es el pueblo de mi padre. Es el sitio más bonito del mundo.

Aquí estamos mi madre y yo, andando por las calles bajo este sol insoportable. Caminamos sin hablar. Las dos estamos muy inquietas, a pesar de que intentamos esconder la tensión. Media hora andando que parece una eternidad cuando por fin entramos en el laberinto. Un laberinto de historias humanas. Un laberinto de emociones.

La mayoría son blancas pero también las hay grises, negras… Algunas llevan foto, otras dibujos. Hay flores, algunas frescas y otras artificiales. También botellas de vino, velas… Mi mirada se pierde en el infinito de lápidas.

Recorremos en silencio los pasillos estrechos. Mi corazón se acelera, lo siento en mi garganta. Estoy aturdida, tengo mucho miedo. Parece que los pasillos nunca se van a acabar, y damos vueltas, y vueltas, y vueltas sin fin. Y el sol no deja de quemarnos la piel. Me estoy mareando. Tengo mucha sed y ganas de salir corriendo. Me quiero ir de aquí en este mismo momento pero no puedo, me tengo que quedar. Tengo que ser fuerte y apoyar a mi madre. Estamos juntas en esto.

Por fin llegamos. Al fondo. Al final del todo. Debajo del único árbol de todo este laberinto. Las dos nos paramos y nos quedamos quietas en silencio mirando con ojos que no ven nada. Que no quieren ver. Miro la piedra blanca y el nombre de mi padre grabado en ella se me clava dentro del corazón.

¿Por qué tenemos que estar aquí?

¿Por qué me da tanto miedo y me cuesta respirar?

¿Por qué escogimos esta hora para venir?

No, no existe el momento perfecto para estar aquí.

Hay que limpiar la tumba. Está cubierta de malas hierbas y hay un rosal salvaje y espinoso justo en el medio. Mi madre me dijo que llevaba intentando arrancarlo desde hace mucho, cuando esto era solo el lugar de mis abuelos y todavía papá no estaba aquí. Pero el arbusto se resistía, volviendo a germinar una y otra vez, expandiendo sus ramas por toda la tumba.

Nos vemos intentando arrancarlo con las manos desnudas. ¿Por qué no cogimos ninguna herramienta? No se por qué pero en este mismo instante lo más importante de este mundo es conseguir arrancar ese rosal. La rabia y la tristeza nos hace seguir intentándolo a pesar de nuestras huellas sangrantes. Si hubiera alguien para pedirle ayuda… ¿pero quién va a venir a esta hora? Deberíamos haber traído algo… ¡Qué tontas somos! El sol no deja de quemarnos. Casi me pongo a llorar. Me siento como una niña perdida en el bosque sin saber hacia donde ir. No sé si aguantaré mucho más.

De repente me doy la vuelta y veo un señor que lleva una azada. He visto la luz, parece un ángel caído del cielo. Voy corriendo y se la pido. Ya sé que es una tontería pero me siento mejor. Siento que papá nos ha echado una mano, que no estamos solas allí. Que él nos esta observando. Nos cuida.

Recuerdo cuando mi tío dijo que teníamos que hacer el funeral en la ciudad, en Sofia. Poner una gran lápida negra y hacerlo todo muy pomposo. Que ironía: no sabemos decir “te quiero” mientras podemos y, cuando ya es tarde, intentamos recompensar a base de mármol y altares. Mi madre, ausente, contestaba “sí” a todas sus propuestas. Yo no quería escuchar.

Pero el día después, abrazada a mi madre en la cama vino la paz… Escuché a mi padre diciéndome que el funeral no puede ser en Sofia. Que tiene que ser en el pueblo. En su sitio favorito. En mi sitio favorito. Allí donde está el mar. Allí donde esta él. Nadando y volando. Ya sabía lo que tengo que hacer. Me relajé. ¿Cómo no lo había visto antes? Era tan obvio…

Todo el mundo le conocía en este pueblo pequeño. Le habrían organizado algo aparatoso. Mucho ruido. Muchas palabras que sobran. Pero yo quería algo para nosotras. Por eso fui con mi madre sin avisar. Siete horas de autobús abrazando la mochila. Un instante estás aquí y al otro estás en una urna dentro de una mochila en los brazos de tu hija. Eso si que es ironía.

Después de limpiar la tumba nos fuimos a su sitio favorito entre las rocas, junto al mar. Sentiamos su presencia allí. En aquel lugar mágico. No en un laberinto de lápidas blancas.

El resto es silencio.

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