Ámate

Cuando entré en la Universidad con una beca para estudiar paisajismo, mi padre me dijo algo como: ¿Eso es lo mejor que se te ocurrió estudiar?

Cuando me saqué el carne de conducir, me preguntó: ¿Pero te dejaron conducir?

Nunca era suficiente. Nunca llegaba.

Hoy releyendo “Mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola Estés encontré este párrafo:

“Las mujeres que se han criado en familias que no aceptan sus cualidades se lanzan una y otra vez al cumplimiento de impresionantes hazañas… sin saber por qué. Experimentan la necesidad de tener tres doctorados universitarios, colgar boca abajo desde la cumbre del Everest o llevar a cabo toda suerte de arriesgadas y costosas proezas que les ocupan mucho tiempo para demostrar su valía a su familia. “¿Ahora me aceptáis? ¿No?. Muy bien pues (suspiro), ahora veréis.”

Así estoy diciendo siempre a mi madre que me encanta escribir, pero si no consigo escribir una cosa tan impactante como Tolstoi no tiene ningún sentido que me moleste en escribir algo. Prometo que me lo estoy trabajando y este blog va un poco de esto. Superar el miedo más que decir algo transcendental e innovador. Sea lo que sea escribiré a mi manera y llegará a quien tenga que llegar…

Me costó mucho entender la razón y calmar el enfado que llevaba dentro de mi. Entender que mi padre seguía la cadena de muchas generaciones y repetía conmigo lo que le habían enseñado en casa. Y mentiría si digo que lo tengo superado del todo.

Mi abuela (que lamentablemente no conocí pero llevo su nombre y el deseo de mi padre de ser su doble) era una mujer fuerte y dominante que se había ganado el respeto y la admiración de su lugar natal. Pero su manera de estimular el desarrollo de sus dos hijos, era provocarles una constante competición por ver quién es el mejor. Así que esto luego pasó a la siguiente generación. El hacía todo lo posible por no decir que hemos hecho algo bien, porque según su metodología eso nos malcriaba. Era su manera de “motivarnos” en una constante e interminable carrera de superación e insatisfacción. Luego en alguna ocasión de desesperación mía mi madre me decía: “Pero no sabes que él te adora y te admira pero no sabe cómo expresarlo…”

Papá tardó nada más y nada menos que 30 años en decirme que me quiere, un mes antes de irse. Parece que fue el momento de darse cuenta lo ausente que ha estado en mi vida y cuanto he echado de menos su apoyo. Ya no quiero esperar más a que me digan que me quieren. Lo que intento hacer más a menudo es decirme a mi misma que me quiero, que me amo, que soy única y no necesito que me acepten. Porque soy perfecta tal como soy. Esa es mi verdadera identidad.

Sat Nam.

Y tú, ¿te sientes identificada?

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2 Comments

  1. Me ha gustado mucho tu artículo, no serás Tolstoi (menos mal) pero me encanta que hables en primera persona de tu vivencia. Me siento identificada con esa fase de “soy consciente y lo estoy trabajando” y que aún queden residuos y que a veces no pueda evitar usar el patrón antiguo. Personalmente me sucede con otros temas, confío en que forma parte del crecimiento
    Un abrazo y gracias

    • Ay Irene, no sabes cuanto te agradezco tu comentario. Es esa sensación… de no estar sola, de que hay otras mujeres que se sienten identificadas. Cuando me desespero que una y otra vez vuelvo con el mismo patrón, también intento recordarme a mi misma: “bueno por lo menos eres consciente y lo estas trabajando”. Confiemos que es parte de nuestro crecimiento. ¡Gracias de corazón! Un abrazo

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